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Evolución del Trabajo17 de abril de 2026

No sé qué hacer — y creo que no estoy solo en eso

Por José A. Leal

No sé qué hacer — y creo que no estoy solo en eso

Durante más de una década he intentado comprender cómo nos organizamos y cómo organizamos nuestro trabajo. Eso me ha llevado a muchas ideas, marcos y explicaciones. Ninguno de ellos llegó a captar del todo aquello hacia lo que esto apunta.

Ahora mismo parece que todo importa, como si todo estuviera en riesgo. Nuestras conversaciones parecen más importantes que nunca. Las preguntas más sencillas se vuelven preguntas cargadas de significado. Incluso cuando nadie dice nada, suele sentirse que hay algo en carne viva, justo debajo de la superficie.

La mayoría de las veces lo experimentamos en momentos como este: abres el teléfono. Ves un titular. Una publicación. Un comentario. Y antes incluso de haberlo asimilado… ya sabes lo que significa. Surge el impulso de reaccionar. De prestar atención. De mantenerte informado. De decir algo, de hacer algo. Y de no equivocarte.

Debajo de todo eso surge una pregunta:

¿Qué se puede hacer realmente?

Lo que aparece a continuación se siente como una respuesta. Probablemente no lo sea. Se siente así porque llega muy deprisa: ya está ahí antes de que lo advirtamos. Ves algo y, casi al instante, cobra sentido. Parece evidente. Y a partir de ahí todo lo demás viene detrás: la reacción, el acuerdo, la frustración, la certeza.

Todo parece algo que tú estás haciendo. Pero en ese momento está ocurriendo algo extraño. La reacción ya está ahí antes incluso de que la percibas. El significado se forma casi inmediatamente. La sensación de «esto es lo que está pasando» llega completamente formada. Solo después aparecen las razones. Desde el principio, algo ya está moldeando lo que ves: aquello que destaca, lo que parece verdadero, incluso lo que tiene sentido.

Eso es lo que hace que resulte tan difícil percibirlo. La mayoría de los procesos corporales no se sienten así. El corazón late, los pulmones respiran, el cuerpo se mueve, y no confundimos esos procesos con lo que somos. Forman parte de nosotros, pero no son nuestra totalidad.

Esto es diferente. Aquello que produce el relato se siente como la totalidad de lo que somos. Y no te ocurre solamente a ti. Está sucediendo en todas partes, en distintos temas, perspectivas y personas que, por lo demás, tienen muy poco en común. El contenido cambia, pero el proceso es el mismo: algo se activa, organiza lo que vemos y rápidamente se asienta en una respuesta.

Es tan familiar que no lo cuestionamos. Lo llamamos pensamiento, creencias u opiniones. Pero esas palabras no llegan a describirlo del todo. Algo dentro de nosotros ya está dando sentido al mundo mediante la interpretación y la creación de relatos. Podríamos llamarlo «creación narrativa». Sentimos el impulso de actuar. De hacer algo. Pero resulta difícil encontrar una línea de acción que realmente se sostenga. Seguimos involucrados, pero también desconectados. Respondemos, reaccionamos, tomamos posiciones y, aun así, parece que no logramos encontrarnos.

Quizá, entonces, la pregunta no sea: ¿Qué debería hacer de otra manera?

Quizá sea: ¿Qué está ocurriendo aquí que sigue separándonos?

Porque no se siente como una elección. No estamos decidiendo ser así.

Una reacción se siente como mi reacción. Una conclusión se siente como mi conclusión. Cuando algo tiene sentido, se siente como la verdad; no porque se esté ocultando algo, sino porque nunca vimos el proceso que moldea aquello que vemos. Nos volvemos más seguros. Más divididos. Más atrapados en nuestros propios relatos y menos capaces de encontrarnos. Pero ese mismo proceso no solo divide: también puede empezar a verse a sí mismo. Algo cambia cuando el proceso empieza a reconocerse. La certeza sigue formándose, pero se observa mientras se forma, no como la realidad misma, sino como una manera de darle sentido. Entonces la sostenemos con menos rigidez.

En ese reconocimiento se abre algo, no fuera del proceso, sino dentro de él. Si este proceso —lo que hemos llamado creación narrativa— es la manera en que la vida da sentido a las cosas, se coordina y responde, entonces lo que estamos experimentando ahora no es solamente un desacuerdo. Es este proceso llegando a un punto muerto.

Por eso resulta tan difícil saber qué hacer.

Entonces, ¿qué se puede hacer realmente?

Quizá no sea lo que esperamos. No intentar arreglar las cosas. No intentar arreglarnos unos a otros. No elegir el bando correcto. Lo que cambia las cosas es más sencillo. Cuando se vuelve evidente —no solo como una idea, sino como algo que podemos ver— que aquello que parece certeza es, en realidad, la formación de nuestra mejor conjetura, lo recibimos de otra manera. Dejamos de tomarlo como la verdad completa. Y empezamos a ver lo mismo en los demás.

Eso no lo resuelve todo. Pero puede ser la manera de dejar de profundizar la misma división, porque aquello desde lo que nos relacionamos ya no se experimenta como que tú o yo tenemos razón, sino como algo dentro de nosotros que intenta encontrar sentido.

Esto hace que resulte más difícil convertir la diferencia en culpa o el desacuerdo en algo personal. No elegimos desconectarnos ni enfrentarnos unos a otros. Tampoco podemos obligarnos a conectar únicamente mediante la voluntad. El verdadero cambio comienza cuando comprendemos lo que llamamos «pensamiento» tal como es: la creación narrativa en acción.

A partir de ahí, la culpa pierde fuerza, la certeza se suaviza y la conexión vuelve a ser posible.

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