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Nuestro Sistema Vivo28 de octubre de 2025

La Historia Que Nos Posee

Por José A. Leal

La Historia Que Nos Posee

Nací en una pequeña isla llamada Pico, en medio del Atlántico.

Vivíamos en una casa diminuta, sin agua corriente, en un terreno arrendado por 99 años a un auténtico «señor de la tierra». Desde el principio comprendí que hasta el suelo bajo nuestros pies podía pertenecer a otra persona. El dinero no era algo que tuviéramos, ni algo en lo que yo pensara demasiado. Simplemente estaba ahí, decidiendo qué era posible, dando forma a lo que se podía soñar. Aun así, no lo perseguía.

Años después, cuando me convertí en vicepresidente en el mundo empresarial, aquella ilusión empezó a desvanecerse. Entre la venta de mi empresa, mi sueldo y mi bonificación, gané más de lo que jamás había imaginado, lo suficiente para eliminar cualquier preocupación material. Sin embargo, cuanto más ganaba, más percibía hasta qué punto el dinero había sustituido a la vida como nuestra medida de lo que tiene sentido.

Los números tenían sentido, pero nada más lo tenía.

La mayoría de mis conversaciones se habían convertido en cálculos. Las relaciones se volvían transacciones. Las reuniones giraban en torno a cifras: presupuestos, previsiones, objetivos, como si la propia vida pudiera cuadrarse como un libro de cuentas. El punto de inflexión llegó cuando me encontré «despidiendo» a personas comprometidas que habían trabajado duro, por decisiones tomadas por quienes controlaban el dinero.

Fue entonces cuando comprendí hasta qué punto nuestras vidas estaban organizadas por el dinero y con qué facilidad el cálculo puede imponerse al cuidado de las personas.

Cuando el símbolo se impone a la vida

En 2013, la ciudad de Detroit empezó a cortar el agua a miles de hogares. Las madres llenaban cubos en las bocas de incendio. Los niños llevaban botellas a la escuela. La ciudad debía miles de millones a los tenedores de bonos; los residentes debían cientos en facturas impagadas. Bajo la presión de Wall Street, el departamento de agua tomó una decisión: cortar el agua a las personas, en lugar de perjudicar a los inversores.

Las tuberías seguían transportando agua. Los ríos seguían fluyendo. Pero el relato había cambiado. Ya no se trataba de la sed ni de la salud. Se trataba de la deuda. Eso es lo que ocurre cuando un símbolo empieza a imponerse a la propia vida. Decimos cosas como: «Si no pagan, deben afrontar las consecuencias».

Esa reacción tiene todo el sentido dentro del relato del dinero: un mundo donde las deudas son hechos morales y el castigo es el asiento que cuadra las cuentas. Pero observemos con qué facilidad nuestra simpatía se inclina hacia el libro contable. El relato de los símbolos de valor está profundamente arraigado: nos enseña a medir el valor por aquello a lo que se puede poner precio, en lugar de por las necesidades que hacen posible la vida.

De la necesidad compartida al control cuantificado

Después de que se cercara la tierra y se vendiera el tiempo, el dinero se convirtió en el símbolo universal, capaz de representar cualquier cosa: agua, trabajo, cuidado, incluso confianza. Al principio, quizá fuera una comodidad, una forma de facilitar el intercambio. Pero, con el tiempo, el símbolo empezó a parecer más real que la vida que representaba. Cuando alguien dice: «No podemos hacerlo, no hay presupuesto», no está describiendo límites físicos; está describiendo las fronteras de un relato.

Los presupuestos son creencias sobre lo que merece vivir. A través de la Lente del Relato, el dinero parece natural, incluso moral: mantiene las cosas organizadas, medibles y eficientes. A través de la Lente de la Vida, es una ficción que ha desbordado su marco, un sustituto de la energía que ahora decide por dónde puede fluir esa energía. El dinero no solo representaba la vida: empezó a sustituirla.

Construimos este mundo sobre un relato de fondo, el del Control Necesario: la creencia de que el intercambio debe centralizarse y regularse para evitar el caos. Lo refuerza el mito de la Imperfección Humana: no podemos confiar en la generosidad ni en la reciprocidad, así que hay que ponerle precio a la confianza. Y se expresa a través de la Supremacía Racional: la convicción de que los números son más «reales» que las necesidades, las relaciones o los ecosistemas.

Cuando los símbolos de valor sustituyen a la confianza

Un agricultor quema sus cultivos para mantener estables los precios. Un hospital niega la atención hasta que se autoriza el crédito.

Los gobiernos subvencionan los combustibles fósiles mientras declaran que «no hay dinero» para el agua potable. El absurdo no es económico: es existencial. La vida no funciona con balances; funciona con flujos. La energía se mueve. El agua circula. Los nutrientes vuelven al suelo. El dinero, en sus primeras formas, reflejaba ese ritmo. Ahora también lo detiene. Acumulamos el símbolo y privamos de sustento a la fuente.

El mundo rebosa de alimentos y, sin embargo, millones de personas pasan hambre, no por falta de suministro, sino por falta de dinero. Los bosques caen para que los números suban. Hemos confundido la medida con el sentido. Cuando los símbolos de valor sustituyen a la confianza, el control sustituye a la conexión, y ese control pronto exige su propia maquinaria.

Recuperar lo real

A través de la Lente de la Vida, el dinero no es bueno ni malo. Es un relato, uno que funcionó hasta que dejó de hacerlo. Representa energía, pero no es energía. La Lente de la Vida comienza cuando nuestros relatos permanecen ligados a las realidades de la propia vida. Nos pide que nuestros símbolos —dinero, propiedad, contratos, incluso progreso— sigan al servicio de los flujos vivos que describen. A través de esta lente, la prueba de cualquier relato no es lo lógico o eficiente que parezca, sino si mantiene la vida en movimiento, si nutre, regenera y conecta.

Cuando tratamos el dinero como si fuera la vida, olvidamos cómo intercambiar vida directamente, mediante la confianza construida sobre la relación y la pertenencia, la reciprocidad y el cuidado compartido. Cuando recordamos que el dinero es una herramienta, no una verdad, podemos reescribir el relato.

Y el relato puede cambiar, porque nosotros podemos cambiar. Las comunidades ya lo están haciendo. Las monedas locales ponen en circulación el cuidado. Las redes de ayuda mutua comparten sin llevar cuentas. Los colectivos colaborativos intercambian contribuciones en lugar de beneficios. El cambio no es del dinero a otra cosa, sino del control a la conexión. De contabilizar la vida a servirla.

Devolver la vida al centro

Vuelvo con el pensamiento a aquella pequeña casa, a la sensación de que lo esencial pertenecía, de algún modo, a otra persona. Es un relato tan bien contado que hemos acabado viviendo a través de él. Pero debajo de cada dólar, cada contrato, cada lucha por una cuota de mercado, hay algo más fundamental: el pulso de la propia vida, dando, recibiendo, adaptándose, transformándose.

Esa es la verdadera economía: una economía viva. Porque todo relato desligado de la vida busca controlarla, y todo relato arraigado en la vida aprende a servirla. Y hacia ahí se dirige ahora este viaje. Hacia cómo podemos recordar ese flujo y recuperar el equilibrio, no rechazando nuestras herramientas, sino devolviéndolas al lugar que les corresponde: al servicio de la vida.

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