«Recursos humanos».
«Recursos naturales».
«Reservas de alimentos».
Decimos estas palabras con naturalidad, como si fueran términos neutrales y profesionales. Sin embargo, cada una lleva consigo una violencia silenciosa. Una persona se convierte en un efectivo de plantilla. El agua se convierte en un activo. Un bosque se convierte en inventario.
La propia vida se traduce en insumos para otra cosa: la empresa, la economía, el plan. Y, si escuchas con atención, puedes sentir la disonancia. Una parte de ti sabe que un bosque no es un inventario, que un río no es un activo, que no se te puede reducir a un número en una hoja de cálculo. Sin embargo, el sistema insiste en lo contrario.
Esto solo tiene sentido a través de la Lente del Relato, una forma de ver que nos sitúa fuera de la vida y presenta el mundo vivo como materia prima que gestionar. A través de esa lente, reducir la vida a unidades parece «práctico». Promete claridad, incentivos y control.
El coste de un relato que ignora la vida
Pero hay un coste. Cuanto más presentamos la vida como un recurso, más nos permitimos despojarla de todo lo demás. Los bosques caen y lo llamamos crecimiento. Las personas se agotan y lo medimos como productividad. Los ríos se secan y lo presentamos como eficiencia.
El relato no solo distorsiona lo que vemos; distorsiona lo que nos permitimos hacer. Ser radical es ir a la raíz, y la raíz es la vida. Todo lo demás es relato superpuesto. Visto a través de la Lente de la Vida, el mismo mundo parece distinto. Los bosques son comunidades de seres. Los ríos son arterias de vida. Las personas participan en un todo mayor. La realidad no cambia: solo cambia la forma en que nos permitimos verla.
Y cuando el velo se resquebraja, el cambio no es teórico. Ya está ocurriendo. Donde antes los lugares de trabajo funcionaban mediante un control rígido, las personas están experimentando con ritmos de probar, percibir y adaptarse: empresas que ensayan la cogestión, agricultores que reconstruyen redes alimentarias locales y equipos que eligen la confianza por encima de la obediencia rígida. Donde el mundo quedaba reducido a categorías e informes, algunos empiezan a ver su trabajo como parte de un ecosistema interdependiente y a diseñar redes alimentarias, no solo cadenas de suministro. Y donde antes los contratos lo definían todo, los equipos están recuperando la confianza y el cuidado como fundamento de su trabajo.
No son estrategias ni marcos de trabajo. No son nuevos relatos en los que creer. Son señales de que la vida encuentra nuevos cauces cada vez que el relato se aleja demasiado de la realidad.
La defensa del relato
Los economistas argumentarán: «Pero este sistema funciona. Tratar la vida como recursos ha motivado a las personas a trabajar, ha creado orden y ha construido economías que han sacado a miles de millones de personas de la pobreza». Y sí, a través de la Lente del Relato, esa lógica se sostiene.
Pero mira a tu alrededor. Lo que parece progreso en el relato es, a menudo, vida que se agota para mantener vivo ese relato. Los suelos pierden espesor. Las aguas retroceden. Las personas oscilan entre el agotamiento y la desconexión. Las culturas se deshacen. Las cadenas de suministro se vuelven frágiles. Los lugares de trabajo necesitan interminables «programas de compromiso» porque el propio trabajo no nutre la vida de nadie. La propiedad, los contratos y los precios pueden coordinar la complejidad, pero el coste es elevado: un sistema que funciona agotando la tierra, el agua, la confianza y el sentido.
No falta motivación. Falta sentido. Las personas no necesitan que se les dé cuerda; necesitan estar conectadas con necesidades reales, respuestas reales y una pertenencia real. Cuando el trabajo encuentra sentido en la vida, la energía no se agota: se renueva.
Cambiar la base
La disonancia que sientes no es confusión; es la vida rebelándose contra la ficción. Y esa rebelión no es abstracta. Se puede vivir ahora.
Si esto resuena contigo, no redactes otra política. Cambia la base sobre la que todos se apoyan. Ese es el paso radical: volver a la vida como fundamento del trabajo. Prueba esto:
Cambia las palabras que definen la mirada. Sustituye «Recursos Humanos/Plantilla» por «Personas y Colaboración». Sustituye «recursos» por «capacidades» o «personas que contribuyen». (El lenguaje moldea lo que parece «evidente».)
Haz visible la necesidad real. En cualquier proyecto, escribe al principio la necesidad de la vida a la que responde: ¿Qué aspectos de la vida estamos atendiendo? ¿Cómo lo sabremos? Mantenla visible.
Mejora la salud de un flujo. Elige un flujo vivo sobre el que influya tu organización: suelo, agua, tiempo o atención. Elige una acción que lo fortalezca y ten en cuenta ese resultado junto al dinero.
Haz que una elección resulte evidente. Añade una señal pequeña y clara para que la acción al servicio de la vida sea el siguiente paso más fácil: una configuración por defecto, una opción a un clic o información visible sobre sus efectos.
Esto no es un nuevo plan, marco o modelo. Todo eso son ajustes al mismo relato. Y la cuestión no es que el viejo relato sea incorrecto y uno nuevo vaya a ser correcto. La cuestión es que cualquier relato que se anteponga a la vida es insostenible. La vida no espera a las estrategias ni se amolda a los modelos. Se regenera y, cuando el relato lo olvida, por ingenioso, eficiente o rentable que sea, la vida se derrumba bajo su peso.
La comprensión que nos atraviesa es esta: el relato nunca es la realidad. La vida sí. Y cualquier sistema que lo olvide acabará consumiéndose, dejando solo la realidad que intentó someter.
