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Nuestro Sistema Vivo22 de septiembre de 2025

No Somos Capital Humano

Por José A. Leal

No Somos Capital Humano

En el primer artículo de esta serie, Servir a la Vida, vimos cómo la vida en su conjunto se presenta como un recurso. Esa inversión no se detiene en la llamada naturaleza: se vuelve hacia nosotros. En los lugares de trabajo, las organizaciones y las economías, las personas ya no son simplemente personas. Son «activos», «efectivos» y «centros de costes». Departamentos enteros reciben el nombre de Recursos Humanos, como si los seres vivos que llegan cada día fueran suministros que distribuir.

Nuestra lente cotidiana

«Necesitamos aumentar la plantilla».
«Nuestra gente es nuestro mayor activo».
«El capital humano es nuestra inversión más importante».
«Estamos a la caza del mejor talento».

Estas frases salen con naturalidad. Pero cada una lleva consigo una distorsión silenciosa: la traducción de la vida humana en unidades de valor. Incluso el término inglés headhunting, literalmente «caza de cabezas», deja clara esa reducción: se trata a las personas no como seres completos, sino como cabezas que contar, cazar y adquirir.

Lente del Relato: los seres humanos como activos, costes y capital

A través de la Lente del Relato, este lenguaje tiene sentido. Las organizaciones funcionan con presupuestos y balances. Las personas se redefinen en términos de productividad, reservas de talento o pasivos. Desde esta lente, el valor de un ser humano queda ligado a lo que produce y a los costes que genera.

Conviene recordar que términos como «capital humano» surgieron para destacar que las personas son fundamentales para el éxito de las organizaciones, para subrayar su importancia en términos empresariales. Sin embargo, con el tiempo, esa perspectiva se estrechó y redujo a las personas a medios para otros fines: el rendimiento de la empresa, las metas del ascenso profesional, las abstracciones del crecimiento del PIB.

Lente de la Vida: las personas como flujos únicos de ser y contribuir

A través de la Lente de la Vida, aparece algo distinto. Cada persona no es capital, sino un flujo único de existencia, lleno de relaciones, creatividad y contribución. Visto así, el trabajo no consiste en extraer rendimiento, sino en cultivar las condiciones para que la vida florezca a través de la contribución compartida.

Llamar «recursos» a las personas es olvidar que cada ser humano es, a la vez, irreemplazable e interconectado. No somos activos que consumir, sino participantes en el continuo despliegue de la vida.

Cambiar de lente en la práctica

La disonancia que sientes al oír «efectivos» o «recursos humanos» no es confusión: es la vida rebelándose contra la ficción. Y esa rebelión se hace real cuando se expresa. Prueba esto:

  • Señálalo.
    Cuando oigas «efectivos» o «capital humano», haz una pausa y pregunta: ¿Es así como queremos ver a las personas? Incluso una pregunta amable siembra una semilla.

  • Sustitúyelo en voz alta.
    En lugar de cambiar mentalmente «efectivos» por «personas que contribuyen», dilo: «Necesitamos dos personas más que contribuyan a este proyecto». Las palabras dichas abiertamente cambian lo que nos parece evidente.

  • Haz la pregunta humana.
    Cuando se llame «recurso» a alguien, pregunta: ¿La vida de quién se ve afectada aquí? ¿Cómo puede esa persona florecer en este rol?

  • Invita a reflexionar.
    En las reuniones o sesiones de planificación, reserva un momento para apartarse de los indicadores y preguntar: ¿Qué realidades humanas hay detrás de estos números?

Cada vez que se cuestiona en voz alta el lenguaje del capital, la Lente del Relato pierde terreno y la Lente de la Vida empieza a transformar la cultura que compartimos.

Del capital a la contribución

La inversión que heredamos presenta a las personas como capital, como efectivos que gestionar, incluso como presas que «cazar». El cambio que necesitamos consiste en reconocerlas como vida en movimiento, cada una irreemplazable, cada una con dones que aportar al conjunto. Si seguimos diseñando los lugares de trabajo únicamente en torno a la eficiencia, seguiremos agotando la vida misma que las personas encarnan. Pero, si volvemos a cambiar de lente, el trabajo deja de consistir en gestionar activos y empieza a consistir en servir a la vida.

La pregunta ya no es cuánto podemos obtener de las personas, sino qué se hace posible cuando tienen libertad para aportar la plenitud de su vida al trabajo que compartimos. No se trata de prescindir de la responsabilidad ni del rendimiento; se trata de recordar que el rendimiento, sin la vida plena de las personas que lo sostienen, está vacío.

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