Cuando la supervivencia se convirtió en un rol
Mi primer trabajo no fue el que suelo contar.
Cuando me preguntan, a menudo digo que monté mi primer negocio a los dieciséis años, haciendo dibujo técnico a mano para arquitectos e ingenieros. Es verdad. Pero deja fuera lo que vino antes, la parte de la que no hablé durante años.
Mucho antes de dibujar planos, fregaba suelos. Mi familia había emigrado de las Azores y, como muchas familias inmigrantes, aceptábamos el trabajo que no exigía saber inglés ni tener estudios: la limpieza. Desde los doce años, mis hermanas menores y yo ayudábamos a mis padres a limpiar consultas médicas, concesionarios de coches, bancos y clínicas dentales en Silicon Valley. Éramos las manos adicionales que les permitían aceptar tantos trabajos como fuera posible. Cada uno se pagaba muy poco.
Limpiábamos suelos, inodoros y vaciábamos papeleras. Eso era un trabajo. Nos ayudaba a sobrevivir. Por supuesto, yo quería más. Quería ser arquitecto. Pero eso quedaba al margen: un sueño al que dedicaba cada momento libre. Ese tipo de trabajo carga con un estigma, y todavía más si tus hijos lo hacen contigo. Pero esa era nuestra realidad. Mis padres temían el día en que no encontraran trabajo. O perdieran alguno. Algo que ocurría con frecuencia. Desde pequeño comprendí algo: un empleo no es solo trabajo. Es tu derecho a pertenecer.
El pacto que hay detrás del empleo
Un empleo nunca es solo una forma de ganar dinero. Es un pacto y una frontera. Una estructura de supervivencia y un sistema de fuerza. Entregas tu tiempo, tu energía vital, a cambio del permiso para participar. El sueldo es solo una parte. La moneda más profunda es la pertenencia. El coste más profundo es la obediencia.
Los políticos lo saben.
Hablan de «crear empleo» como si estuvieran invocando la vida misma. Los «empleos bien remunerados» se convierten en lemas de campaña. Se acusa a los adversarios de «destruir empleo», como si estuvieran desmantelando la propia sociedad.
Las empresas también lo saben.
Utilizan el empleo como premio y castigo: la promesa de seguridad para atraer, la amenaza de quitártelo para controlar. «Vamos a traer mil puestos de trabajo a vuestra comunidad» suele significar ventajas fiscales para ellas y dependencia para todos los demás. Pero un empleo no es solo un símbolo. Es un mecanismo de disciplina. Determina cuándo te despiertas, cuánto tiempo permaneces sentado, cómo te vistes, qué dices y ante quién respondes. La amenaza de perder el empleo mantiene a poblaciones enteras a raya, calladas, obedientes, con miedo a hablar.
En Estados Unidos, la amenaza llega todavía más hondo. Aquí, un empleo no significa solo ingresos. A menudo significa acceso a la atención sanitaria. A diferencia de la mayoría de los países, donde la salud es un derecho, el sistema estadounidense vincula el seguro médico al empleo, una práctica que comenzó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los límites salariales llevaron a las empresas a ofrecer prestaciones en lugar de aumentos de sueldo. Lo que empezó como una solución alternativa se convirtió en una trampa.
Pierdes el empleo y corres el riesgo de perder también la atención sanitaria. Las personas permanecen en entornos laborales tóxicos. Callan ante el maltrato. Reprimen lo que les importa, solo para conservar la cobertura. Y cuando cambia el relato, son despedidas, no porque hayan dejado de contribuir, sino porque su rol ya no es necesario. Eso es lo que ocurre con los empleos: no tienen que ver solo con el trabajo. Son una forma de imponer el control en silencio. No perdemos solo el empleo.
Perdemos seguridad. Identidad. Atención. Voz.
Ahora, con el avance de la inteligencia artificial, vuelve la advertencia: «Tu empleo está en riesgo». ¿Y la solución propuesta? Un cheque del Estado. La renta básica universal. Un sueldo por existir en un sistema que quizá ya no necesite tu trabajo, pero que sigue reservándose el derecho de definir tu valor. El relato sigue siendo el mismo: la vida debe someterse antes de que se la tenga en cuenta.
El coste del rol
Cuando empecé a hacer dibujo técnico, pensé que había escapado de aquel mundo.
Sin fregonas. Sin vapores químicos. Un paso más cerca de la vida que imaginaba. Más tarde, cuando mi negocio de consultoría de dibujo asistido por ordenador empezó a decaer con la caída del mercado inmobiliario canadiense, cofundé una empresa emergente de internet. Luchábamos por sobrevivir. Pero no solo trabajábamos: innovábamos, construíamos, dábamos forma a algo nuevo.
Entonces nos adquirieron. Me convertí en director general. Después, en vicepresidente. Cargo. Sueldo. Acciones. Prestaciones. Todas las señales del éxito. Por primera vez, sentí desde el otro lado toda la maquinaria del sistema de empleo.
Todo giraba en torno a cifras, número de empleados, presupuestos y objetivos. Las personas se convertían en partidas contables. Su valor se medía mediante evaluaciones de desempeño y metas trimestrales. Recuerdo despedir a personas trabajadoras y comprometidas, no porque hubieran fallado, sino porque lo exigía la hoja de cálculo.
Me decían que solo eran negocios. Pero para mí era profundamente personal. Fue entonces cuando lo vi con claridad: el empleo había dejado de centrarse en la contribución. Se había convertido en una cuestión de control.
A través de la Lente de la Vida
Los empleos no son malos en sí mismos. Son relatos, formas en que hemos organizado la contribución y el intercambio. Pero, como cualquier relato, pueden endurecerse hasta convertirse en dogma. Pueden alejarse de las realidades vivas a las que debían servir. A través de la Lente del Relato, los empleos parecen naturales, incluso moralmente correctos. Organizan el esfuerzo. Miden el valor. Separan a quienes tienen empleo de quienes no lo tienen. Ofrecen estructura, identidad y legitimidad.
A través de la Lente de la Vida, los empleos no son la realidad. Son marcos. A veces útiles. Siempre simbólicos. La vida no necesita un empleo para tener valor. Un bosque filtra el aire. Un niño crea. Un vecino ayuda. La contribución no necesita permiso. La vida no ficha. Fluye.
Devolver la vida al centro
A veces pienso en aquellas noches iluminadas por fluorescentes, en el sonido de las aspiradoras, en el silencio de los edificios vacíos, en la dignidad discreta de lo que aportábamos. No éramos empleados. Éramos personas que contribuían. No teníamos cargos. Teníamos un propósito. No necesitábamos un empleo para valer algo. Pero el mundo a nuestro alrededor decía lo contrario. Ese relato, el que equipara el trabajo con la legitimidad, ya ha vivido bastante.
Porque debajo de cada currículum, de cada contrato, de cada empleo perdido o conseguido, hay algo más profundo: el pulso de la propia vida. Dar. Responder. Pertenecer. Esa es la verdadera economía: una economía viva. Y aquí está el giro: pese a todas sus limitaciones, los empleos también nos han dejado algo poderoso. Nos enseñaron a coordinarnos. A especializarnos. A construir juntos. Nos dieron herramientas, sistemas, modelos y un lenguaje para gestionar la complejidad y colaborar a través de las diferencias.
¿Y si esas mismas herramientas pudieran ahora servir a otro propósito?
¿Y si no estuviéramos ante el final del trabajo, sino ante el comienzo de algo más vivo?
Un futuro de colaboración, no de empleo. De propósito compartido, no de roles fijos. Un mundo donde la contribución surja de la necesidad, no de una tarea asignada. Donde la coordinación sea elegida, no impuesta. Esto no es un ideal. Es un futuro posible. Uno para el que quizá ya tengamos todo lo necesario.
Las Collabs, redes de personas que cocrean mediante protocolos compartidos, ya están surgiendo. No como sustitutas de los empleos, sino como el siguiente capítulo de la contribución humana. Nacidas de lo que vino antes. Orientadas hacia lo que viene después. Porque todo relato desligado de la vida busca controlarla. Y todo relato arraigado en la vida aprende a servirla. Ese es el cambio que estamos viviendo: de la obediencia a la conexión, del trabajo a la vida, de los empleos al impacto compartido. Y ahí es donde continúa este viaje.
