Me derrumbé en un vuelo de Edmonton a Toronto.
Aquella mañana había entrado en una sala de juntas para despedir a un equipo, una decisión que yo no había tomado. Eran personas brillantes y entusiastas. Algunas incluso estaban emocionadas por conocerme por primera vez, a mí, su vicepresidente. No sabían que estaban a punto de perder sus empleos. Yo no las había contratado ni las conocía. Pero me habían enviado a despedirlas. No había tiempo para quedarme ni para responder preguntas. Tenía otro vuelo que tomar y otra ciudad que visitar para hacer lo mismo una vez más. Los despidos afectaban a cinco ciudades en un solo día. Cuando salí de la sala, su silencio lo decía todo. Sentí que las había abandonado, porque eso era lo que había hecho.
En el vuelo de regreso a casa, no podía dejar de llorar.
No solo porque fuera difícil. Sino porque sentía que aquello estaba profundamente mal. Había hecho algo en lo que no creía, bajo la presión de personas que estaban por encima de mí y que, a su vez, actuaban bajo la presión del mismo sistema que me presionaba a mí.
Aquel vuelo dejó algo claro: no podía seguir en el mundo empresarial. Decimos que la gobernanza es la forma en que tomamos decisiones juntos. Pero en la mayoría de las organizaciones no es realmente juntos. Consiste en seguir órdenes desde arriba. No es gobernanza: es control. Aquel día, como tantos otros, fui su instrumento de fuerza.
El orden de las reglas
De niño, creía en las reglas. Mis padres y mis profesores me decían que eran la forma de proteger a las personas y tratar a los demás con justicia. Ellos lo creían, y yo también. Y, a veces, las reglas realmente ayudan. Aportan estructura, previsibilidad y una idea compartida de lo que está bien. Hacían que el mundo pareciera sólido, como si hubiera una respuesta correcta para cada pregunta, una línea que nos mantuviera a salvo del caos.
Pero, con el tiempo, empecé a ver algo más. Las reglas no siempre protegen a las personas. Las reglas de la escuela silenciaban la curiosidad; las del trabajo silenciaban la verdad. No siempre están hechas para servir a la vida. Muchas están hechas para mantener el control. En la escuela, aprendes a seguir instrucciones. En el trabajo, aprendes a obedecer. En la política, aprendes a entregar tu poder a otros.
Y cuando preguntas por qué tiene que ser así, la respuesta llega en voz baja, casi con resignación: «Así funciona el mundo». Pero el mundo no funciona realmente así. La vida no sigue reglas; sigue relaciones.
Gobernanza por la fuerza
La fuerza no siempre es violenta. La mayor parte del tiempo es estructural. Aparece cuando alguien permanece en un empleo que odia porque necesita un seguro médico. O cuando una organización sin fines de lucro evita hacer preguntas de fondo porque su financiación está en juego. O cuando unas elecciones parecen ofrecer una elección, pero en realidad solo permiten escoger la opción menos mala.
Todo esto es fuerza: no física, pero sí real. Ocurre cuando las personas sienten que no tienen elección. Y atraviesa las distintas capas de organizaciones e instituciones, disfrazada de «así son las cosas».
En aquella sala de juntas de Edmonton, yo era quien transmitía el mensaje. Pero la decisión venía de más arriba, de un director ejecutivo y un director financiero presionados para cambiar la estrategia y alcanzar objetivos. Ellos tampoco querían tomar aquella decisión. Pero los relatos les hacían creer que no tenían elección, igual que a mí.
Así funciona la fuerza. Coloca a las personas en situaciones en las que actúan contra sus propios instintos para conservar el empleo, proteger su reputación o cumplir las expectativas que otros depositan en ellas.
El relato que lo justifica
Justificamos nuestros sistemas de fuerza con un relato que todos hemos aprendido: que no se puede confiar en las personas. Que, sin reglas ni líderes, todo se vendría abajo. Que la gobernanza es lo que nos protege del caos.
Suena razonable. Pero se basa en un miedo injustificado. Tiene sus raíces en una visión de los seres humanos como defectuosos, peligrosos e irracionales. Y, una vez que creemos eso, la coerción se vuelve razonable. Justificada. Necesaria. Aceptamos sistemas en los que alguien siempre pierde, siempre que parezca haber orden.
Incluso la democracia, que se supone que representa a la gente, a menudo no lo hace. Se ha convertido en un juego de marketing, tácticas de miedo y manipulación. ¿Y si no tuviéramos que votar para que otra persona actuara en nuestro nombre? ¿Y si la participación ocurriera donde realmente vivimos, no para elegir a un político o a un partido, sino para tomar decisiones juntos, como personas que viven esa realidad? Sin campañas. Sin eslóganes. Solo presencia. Solo acción. Nadie intentando derrotar al otro. Solo personas intentando resolver juntas problemas reales.
Hemos llegado a aceptar el sistema actual porque vemos el mundo a través de una determinada lente. Nos han enseñado que la estructura es la realidad y que el control es necesario. La gobernanza no es solo lo que ocurre en los gobiernos o en las salas de juntas. Es la forma en que se toman las decisiones, en todas partes.
Incluso las cooperativas caen en la trampa
Incluso cuando intentamos construir alternativas, a menudo llevamos con nosotros los mismos supuestos. Mondragón, la cooperativa más grande del mundo, el faro del movimiento cooperativo, es un ejemplo. Fue concebida para ser democrática, propiedad de sus miembros y participativa. Ese es el relato. Pero, en la práctica, sus miembros votan para elegir a sus dirigentes. Y cuando estos toman decisiones con las que no están de acuerdo, se ponen en huelga. Incluso aquí, todo sigue girando en torno a ganar y perder. A tener el poder o quedar fuera de él.
Esa es la trampa. Intentamos arreglar los sistemas cambiando quién tiene el poder, pero no cuestionamos el uso de la fuerza. Sigue siendo control. Solo que en otras manos.
Cómo funciona realmente la vida
Pero la gobernanza no tiene por qué girar en torno al poder. La vida no funciona así. Un río no celebra reuniones para decidir adónde ir; responde a la pendiente, al suelo y al caudal. Una bandada no elige a un líder; se mueve unida, en sintonía. Un bosque no vota cómo gestionar sus recursos; se regula en conjunto a través de incontables intercambios.
La vida funciona mediante la retroalimentación. Se ajusta. Responde. Encuentra el equilibrio en movimiento. No hay un centro de mando. Solo relaciones que responden en tiempo real. Esa es otra forma de gobernanza. No formal. No impuesta. Simplemente funcional.
Lo vemos a nuestro alrededor
Todos hemos visto esta forma de gobernanza en nuestras vidas, aunque no siempre la llamemos así. Una familia que cambia sus rutinas para ayudar a un hijo que atraviesa dificultades. Un equipo que redistribuye el trabajo cuando alguien está desbordado. Una comunidad que organiza ayuda mutua durante una crisis. No son decisiones normativas. Son actos de cuidado. Son personas que perciben lo que hace falta y responden.
Esa es la gobernanza de la vida. Y funciona. Esto no significa desechar todas nuestras estructuras. Pero sí significa dejar de usarlas para controlar a las personas. La estructura debe sostener la vida, no sustituirla. Y ya no creo que las personas necesiten ser gobernadas por la fuerza. He visto lo que ocurre cuando, en cambio, se confía en ellas. Cuando se las invita a tomar decisiones, participan. Cuando se sienten vistas, responden con cuidado. Cuando reciben apoyo, se implican.
La vida ya sabe coordinarse. Los ecosistemas lo hacen. Las relaciones lo hacen. Las comunidades también pueden hacerlo.
Podemos empezar ahora
Esto no es un sueño para algún día. Ya está ocurriendo, a pequeña escala, en todo el mundo. Las personas están probando nuevas formas de trabajar, vivir y decidir juntas. Están construyendo acuerdos que pueden evolucionar. Están creando protocolos sociales abiertos: prácticas compartidas que las personas pueden utilizar y mejorar, en lugar de políticas fijas. No son reglas. Son herramientas. No se trata de estructuras de control. Se trata de procesos de colaboración. No se basan en una ideología estática. Se basan en la realidad de la vida, esa que percibimos cada día.
No vamos a sustituir todo el sistema de la noche a la mañana. Pero no tenemos que esperar para empezar. Ya tenemos lo que necesitamos: la capacidad de prestar atención. De responder. De relacionarnos. De vernos unos a otros como personas a las que apoyar, no como problemas que controlar. Cuando eso ocurre, la gobernanza deja de ser algo que se nos impone. Se convierte en algo que hacemos juntos. Y empieza a parecerse mucho más a la vida.
